Crónicas hispanas de viajes

INDICE

     1. "...Viajé Como Hombre Libre"


    Imagina que puedes ver y caminar por las tierras boscosas originales, donde hoy se asienta la ciudad de New York. Claro que no estás rodeado de la actual multitud de gente elegante que se apresura a sus trabajos, sale o entra a los rascacielos, maneja sus autos, abre sus Ipad en cualquier café, o habla, sin cesar, a través de sus teléfonos móviles.

     Todo eso vendrá después, mucho después, varios siglos por delante, pero hoy no. Si te pido que huelas o palpes este aire transparente y limpio, toques la corteza rugosa de estos árboles centenarios, admires la fuerza indomable de los ríos virginales, y sientas el chapoteo de castores y nutrias, es porque aún no ha llegado hasta aquí ese dudoso adelanto que conocemos como civilización. Esta es, todavía, una tierra viva, a la que se le puede sentir la respiración de gigante con solo poner la oreja contra el suelo. Y lo haces, para terminar entendiendo, naturalmente, el lenguaje de las bandadas de pájaros que pasan, atronando el cielo.

     Sin que yo tenga que explicártelo sabes que son tiempos de magia, o sea, auténticos, donde los dioses son niños recién nacidos, y no han tenido necesidad de inventar el nombre de las cosas. Esos indios lenape que pasan ahora por nuestro lado, canturreando una canción donde se reconocen como "los abuelos de los Algonquinos" y "la gente de verdad", van de pesca y cacería, mientras sus mujeres quedan detrás, sembrando el maíz y los frijoles que cosecharán en agosto. Son felices: no hay iroqueses, la tribu rival, por los alrededores y aquellos extraños seres< de pieles muy blancas, largas barbas y vestidos negros, que un día, hace muchas lunas, llegaron con el Jefe Hudson, no son más que una extraña visión con que los más viejos asustarán a los jóvenes, al calor de la lumbre. Pero tú y yo lo sabemos: volverán, y será para quedarse. Pero eso no lo imaginan siquiera estos lenapes, y por eso van felices a su cacería, cantando las glorias de su pueblo.

     Es entonces cuando me veo obligado a sacarte de tu ensueño y te muestro la silueta de la nave holandesa que hoy se remonta por el río de los lenape llevando en un costado grabado el nombre de "Jonge Tobías". Y te digo, aunque me mires desconcertado y aún triste, que su capitán se llama Thijs Mossel y lleva a bordo, en este crucial año de 1613, al que será el primer habitante no nativo de esta ciudad-madre de todas las emigraciones y todos los viajeros del mundo que se llamará New York. Y que no es holandés, ni blanco, sino un mulato habitante de la isla de Santo Domingo nombrado Juan Rodríguez, y que no más pisar este suelo proclamó lo que, en alguna medida, y eso te calma un poco, será la insignia de la propia ciudad que tú y yo si veremos:
"… Viajé como hombre libre"

     Y así fue. Por eso te cuento que Juan Rodríguez se quedó hasta 1614, todo un año, en esta tierra de los lenape, y hasta formó familia con una de sus mujeres, desparramando niños hermosos, como siempre son los que nacen de sangres cruzadas. Atendía un puesto comercial avanzado, adonde llegaban los barcos holandeses, que cambiaban baratijas por las pieles de las nutrias y los castores.

    Mira ahora: Juan Rodríguez, que hablaba varios idiomas, acaricia a su mujer lenape y le cuenta las maravillas de la mar océana y de su viaje, recalcando, con orgullo, que viajar no vale para nada, si no se hace disfrutando de libertad. Mira: un viejo lenape, sabio como es, pone de ofrenda en una cueva la piedra negra del fuego y una vasija con el agua de la vida eterna. Sabe que vienen tiempos difíciles para los lenapes, y ha visto ir desapareciendo las nutrias y los castores, algunos árboles y muchos pájaros.

     Dice, en su lengua, mientras habla con sus dioses, que ha vislumbrado que después de los holandeses y el mulato Juan Rodríguez, vendrá una aldea enorme, de luces cegadoras y un trasegar frenético, y que ha sentido debilitarse la respiración del gigante enterrado.

Prohibida su copia o reproducción sin autorización de Summitour.com.
©2012 Summitour LLC todos los derechos reservados.

 


2. Los Grandes Viajeros de la Historia


     Una reciente encuesta en Internet ha permitido escoger a quienes los entrevistados consideraron  "los diez grandes viajeros de la historia". Llama la atención, y usted convendrá conmigo en ello, la ausencia de representantes de otras culturas, pueblos y civilizaciones, no propiamente occidentales ni cristianos, como si el viajar, en extenso y documentadamente, fuese algo nacido con la expansión europea y las  empresas de descubrimiento, exploración, conquista y colonización de nuevos mundos.

     Según este listado, esos viajeros paradigmáticos son el mítico veneciano Marco Polo; el Almirante Cristóbal Colón; el dúo Magallanes-Elcano, primeros en circunvalar la Tierra entre 1519 y 1522; el capitán James Cook, protagonista de tres viajes célebres en el Siglo XVIII, a través del Pacífico y el Mar del Sur; el erudito Charles Darwin, padre de la Teoría Evolucionista, que viajó a bordo del HMS Beagle durante cinco años; el explorador español Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el Adelantado, que exploró desde el Golfo de México hasta las cataratas de Iguazú, en Paraguay;  el noruego Roald Amundsen, primero en llegar al Polo Sur y explorar la Antártida; David Livingstone, descubridor de las cataratas Victoria y el nacimiento del Nilo; Richard Francis Burton, explorador aventurero por Asia y África, y peregrino de incógnito en la Meca y Medina, y por último, Neil Armstrong, el primer ser humano en caminar sobre la superficie lunar.  

     Viajar es tan antiguo como la vida humana en el planeta, de hecho, el nomadismo inicial de los pueblos primeros sirvió para  defender y prolongar sus vidas. Se viajaba buscando nuevos cotos de caza, agua abundante y tierras más fértiles, vías fluviales y marítimas de comunicación, abrigo contra pueblos hostiles y las fieras, trazando rutas comerciales y de intercambio de viajeros, correos y caravanas.

     Viajar es, y sigue siendo hasta la actualidad, la reafirmación de la vida y un monumento a la curiosidad, adaptabilidad, inventiva y creatividad de los seres humanos.

     Viajaron cretenses, cartagineses, fenicios y egipcios de la Edad de Bronce, en busca del estaño, y así llegaron con sus naves hasta Punt, en Somalia, y por el norte, hasta las islas Casitérides, probablemente, las Islas Británicas. Viajaron los comerciantes chinos de la Ruta de la Seda, que saliendo de Xian, pasaban por Antioquía y Constantinopla, hasta llegar con sus maravillas a Europa. También los de la Ruta del Esclavo, que iniciándose en el corazón de África, llevaban su carga humana hasta Las Antillas y otras tierras del norte y el sur de América. Y por supuesto, debieron recorrer toda la geografía de nuestro vasto continente los aztecas, los mayas, los incas y otros pueblos, incluidos los taínos  del Caribe, que iban en sus canoas saltando de una a otra isla, y más allá.

     Tanto como el Verbo, en un principio fue El Viaje, puente entre los pueblos y vena abierta por donde circulaban, y circulan, comerciantes y ejércitos, científicos y escritores, inventores y embajadores, curiosos y turistas, todo mezclado en ese torrente de vitalidad y sed de nuevas sensaciones y espacios, sin los cuales el ser humano no sería lo que es.

Viajar, como lo demuestran los grandes viajeros de la Historia, y aquellos que no están en la lista, es un acto de fe. Los pueblos de raíz latina somos viajeros por naturaleza. Aún cuando faltan muchos, los resultados de la encuesta muestran que, entre diez seleccionados, tenemos cuatro representantes.

     ¿Por qué no buscar ahora su pasaporte y llamar a la agencia de viajes?  ¿Quién quita que, en la próxima encuesta, pueda estar su nombre también incluido?

Prohibida su copia o reproducción sin autorización de Summitour.com.
©2012 Summitour LLC todos los derechos reservados.

 


3. Un Barco de Guerra por Entre las Nubes


Al salir a un claro  del monte, después del ascenso interminable, aquel caminante argentino sintió deseos de sentarse a la sombra y pegarse a la bombilla para chupar un buen mate. Estaba extenuado, pero sentía que algo grande estaba por ocurrir. Y eso, a sus ojos, justificaba el cansancio, las moscas, el sudor pegajoso y desconocido para un porteño, la opresión de esta maraña verde,  por donde, de seguro, aún deambulaban los personajes de la novela "El reino de este mundo", del cubano Alejo Carpentier.  Por haberla leído, o mejor dicho, devorado, había viajado a Haití, desoyendo consejos de familiares y amigos. Y a cada paso que daba por los senderos de una manigua insospechada, se convencía, a pesar del cansancio, que vivir esta experiencia valía la pena.

     Desde chico fue rebelde e independiente. Por eso viajaba ahora como turista fuera de los itinerarios establecidos, haciendo auto-stop, montado a lomos de mulos y burros de alquiler, caminando con su mochila al hombro,  fotografiando para el recuerdo, y si todo le salía bien, para un reportaje que ofrecería a una revista de viajes. Y así, había estudiado mapas, preguntado a las campesinas que pasaban con haces de leña sobre la cabeza, o a los que transportaban serones de calabazas y boniatos en sus caballitos nerviosos. Y bueno, aunque le daba pena reconocerlo, pues le quitaba azar a su aventura, guiándose también por su GPS, privilegio  que de haber existido antes, Colón no hubiese llamado Indias a este Nuevo Mundo.

     Sentado en el claro, sobre la tierra olorosa, y escuchando los ruidos infinitos del monte antillano, el argentino tuvo la inexplicable sensación de que algo, o alguien, lo observaba desde arriba, y al levantar la vista fue que sucedió. Quedó sin resuello, hecho una pieza, aplastado por la majestad de un muro infinito de piedras y ladrillos, de una muralla de más de 4 metros de grosor, levantada sobre la montaña conocida como El Gorro del Obispo, ubicada a más de 900 metros sobre el nivel del mar.

     "La ciudadela Laferriére, la joya del rey Henri Christophe…Un barco de guerra entre las nubes…"-atinó a murmurar, levantándose de un salto, y olvidando el cansancio de la marcha…

     El argentino recorrió, casi sin ver otras presencias humanas, aquella mole imponente ubicada a 17 millas al sur de Cabo Haitiano, la fortaleza más grande del hemisferio occidental, Patrimonio de la Humanidad, desde 1982. Le faltaban palabras para su asombro, por eso fotografió y palpó cada uno de los 365 cañones ingleses, españoles y franceses, destinados a repeler invasiones europeas de reconquista, y muchas de sus 50 mil balas, estrictamente apiladas. Vio contrafuertes, escarpas, bastiones, atalayas, salones de billar, mazmorras, 8 cisternas de piedra, almacenes, la sala del trono, pasadizos secretos y plazoletas. Asomado al espectáculo de la llanura haitiana del norte, como si estuviese en un palco, le escuchó decir a un guía que conducía un puñado de japoneses enloquecidos, que esta maravilla había sido erigida con el trabajo forzado de 20 mil hombres durante 15 años, culminándose en 1820, y que los muros habían sido levantados, y las piedras unidas, por una mezcla de cal, melaza y sangre de toros y chivos, para hacerlos mágicamente invulnerables ante los enemigos.

     A lo lejos, aquel viajero idealista, vislumbró las ruinas del otrora fastuoso Palacio de Sans Souci, cerca de la ciudad de Millot, donde Henri Cristophe I, la reina María Luisa, y las infantas Atenai y Amatista animaron una corte más deslumbrante y  refinada que muchas cortes europeas. Hasta allí llegó, recordaba lo leído el argentino, el eco del pueblo sublevado y de los tambores llamando a la lucha. Allí se suicidó Henry Christophe, disparándose una bala de plata en la sien. Y a la ciudadela Laferriére, donde se hallaba ahora, fue llevado para sumergir su cadáver en la argamasa final de las murallas. Su mausoleo definitivo.

>     Sin haber tomado el mate, el argentino se sintió en vilo, excitado y zarandeado por la historia. En un recodo, creyó ver pasar al Rey y su séquito de aristócratas negros con pelucas blancas, inspeccionando las obras. Al entrar en una estancia de alto puntal, divisó un banderín fantasmagórico donde estaba inscrita la consigna real de "Dios, mi causa y mi espada", mientras el perfume de las Infantas alegraba sus sentidos.  A lo lejos, y abajo, las cuadrillas de operarios cantaban, en creole, un canto al trabajo…

     "Valió la pena el viaje"-fue lo único que atinó a murmurar el argentino, antes de perderse por la brecha donde todos los siglos confluyen. Fue entonces que escuchó, con absoluta nitidez, la voz afrancesada de Alejo Carpentier, como si se dirigiese sólo a él:

     "¿Pero qué es la  historia de la América toda, sino una crónica de lo real-maravilloso?"

Valió la pena.
Prohibida su copia o reproducción sin autorización de Summitour.com.
©2012 Summitour LLC todos los derechos reservados.

 


4. Las Frágiles Fronteras del Tiempo


     Entre Jacksonville, al norte, y Daytona, al sur, se halla lo inesperado, y tiene por nombre San Agustín de la Florida. Dígamelo a mí, que sin suponerlo siquiera, he sido atrapado por este sitio indescriptible, donde aún ondea la bandera española de los Borgoña, se camina por entre tumbas de piratas franceses y se escuchan, en la brisa, los cánticos de la primera misa católica celebrada en el territorio de los Estados Unidos.

     Conducía sin rumbo, cansado del hastío de la modernidad, siguiendo la línea de la costa, cuando  pensé que había traspasado, inadvertidamente, las frágiles fronteras del tiempo. Me detuve y aparqué, saliendo a lo que, a primera vista, me pareció una réplica a escala de alguna calle de La Habana Vieja, Santiago de Cuba, el viejo San Juan, o la Zona Colonial de Santo Domingo: calles estrechas, casas de dos plantas con balcones y enredaderas, paredes brillantemente pintadas, rejas  forjadas con flores, frutas y alegorías, iglesias católicas, blasones señoriales en los dinteles de las casas de olvidadas familias, fuertes, cañones y cruces, herencias de un pasado de esplendor en esta pequeña ciudad, casi oculta, de algo más de 12 mil habitantes y 33,06 kilómetros cuadrados, ubicada en el condado de Saint John.  Sin dudas: una joya para admirar.

     Parece mentira, pensé al ir aprendiendo de cada rincón, leyendo las placas en los muros, escuchando hablar a la gente que la habita, y que no oculta el orgullo por su pasado hispano, que los latinos no hayamos reverenciado más este, el primer asentamiento europeo en Norteamérica, fundado por Pedro Menéndez de Avilés, el 28 de agosto de 1565, más de medio siglo antes de que desembarcasen los Padres Peregrinos. Y siento orgullo al pensar que fueron nuestros ancestros los que desafiando la incertidumbre, los peligros y el miedo, plantaron aquí su bandera y trajeron consigo sus instituciones.

     ¿Dónde, sino en San Agustín de la Florida, podrá usted ver, y hasta beber, de la supuesta Fuente de la Eterna Juventud, buscada por la expedición de Juan Ponce de León, que exploró la zona en 1513? ¿Y entrar al sitio de la primera misa, Misión de Nombre de Dios, donde se alza hoy una iglesia coronada por la figura maternal de la "Virgen de la Leche", amamantando al Niño Jesús? ¿Y caminar por antiguos cementerios donde yacen piratas, corsarios, soldados ingleses y españoles, caídos en las largas disputas de sus coronas por este estratégico territorio?¿Y visitar la escuela de madera más antigua del país, o el Castillo de San Marcos, de 1672, o las ruinas, ubicadas unas millas más al norte, del fuerte de Gracia Real de Santa Teresa de Mose, primer santuario que acogió, en libertad, a los esclavos que huían de las posesiones inglesas de Carolina?

     Créame si le digo que esto no tiene comparación. Y hay más: ¿a que no sabía que aquí hay una Plaza de la Constitución, con un obelisco en honor a la liberal de Cádiz, de 1812, madre de todas las constituciones latinoamericanas, inaugurada en octubre de ese mismo año? ¿O que aquí murió, el 25 de febrero de 1853, en absoluta pobreza y soledad, uno de los Delegados de Ultramar a aquellas Cortes y padre de la nacionalidad cubana, el Presbítero Félix Varela, hoy en proceso de canonización por el Vaticano?

     Hágame caso: deje atrás las angustias del mundo moderno y piérdase un día por callecitas de nombres sonoros, como las de Córdoba o Zaragoza; visite la casa de los Peso de Burgo o la de los Gallegos; entre por las viejas puertas de la ciudad, llegue al faro de San Agustín, toque la corteza venerable del Old Senator Tree, un roble de más de 600 años; desplácese en coches tirados por caballos o en un trencito… disfrute, respire y sueñe, aprenda y olvide, reencuentre su pasado, que aún late por los rincones de esta ciudad única, y no tengo duda de que me lo agradecerá.  Habrá traspasado, como me sucedió, y casi sin darse cuenta, las frágiles fronteras del tiempo.

     Llegué a San Agustín de la Florida de casualidad. Me costará trabajo no volver deliberadamente.

Prohibida su copia o reproducción sin autorización de Summitour.com.
©2012 Summitour LLC todos los derechos reservados.

 


5. Una Sinfonía Sevillana


    Ven y recorre conmigo esta maravilla que es Sevilla, la capital mítica de Andalucía, tierra de encuentros y de partidas. Sé que te gusta descubrir las cosas por ti mismo y que desconfías de los recorridos guiados. Entonces, olvídate que camino a tu lado, y sólo toma mi voz, como si se tratase de un susurro, el de la ciudad misma. Si lo logras, estarás en condiciones de vivir una experiencia irrepetible, de conocer sitios inolvidables y de embriagarte con la poderosa sinfonía que sale de estas piedras, que salta de esos balcones,  que se refugia entre las palmeras y se hunde en el río Guadalquivir...¿La sientes?

     La sinfonía de Sevilla es la de su historia. Su ruta se pierde en la noche de los tiempos atravesada por pueblos guerreros y laboriosos que hallaron aquí un enorme río navegable hasta el mar, que tiene su desembocadura en Sanlucar de Barrameda. Por aquí pasaron, pelearon, amaron, trabajaron y construyeron los cartagineses, las legiones romanas del general Escipión, las tribus árabes que crearon Al Andaluz, las huestes cristianas, los descubridores del Nuevo Mundo: un infinito tumulto de  marinos y predicadores, artesanos y archiveros, soldados y artistas, albañiles, campesinos y mercaderes: de todos ellos guarda la ciudad el ritmo, y es lo que te entrega en esta melodía casi inaudible, pero preciosa, que yo te estoy tentando a escuchar.

     Veo que sí, que la has captado. Lo adivino en tus ojos de ensueño, y en ese brillo especial que te da el palpar lo sublime y eterno de la belleza, tras oír el coro de las voces de los que han pasado por estas calles estrechas, como el callejón de la Inquisición, o visto la majestad de la Torre del Oro. Brota de las paredes de ladrillos, las arcadas, los encajes moriscos sobre las puertas. Te asalta desde los patios interiores, con justicia llamados "Patios Sevillanos", delicada conjunción de fuentes, sombras, aleros, cerámica y vitrales. Te roba el alma esta explosión de hierro fundido en las rejas, trabajado como la seda misma, con la textura inconfundible de las aceitunas y la delicadeza del aceite extra virgen. Y sé que la escuchas, te lo veo bien marcado en el rostro al desandar Los Jardines de los Reales Alcázares, el Parque de Las Delicias, el Jardín Americano, y el barrio de Triana, o el de Santa Cruz, donde estaba la judería de la  ciudad.

nbsp;    Te hundes, te pierdes, y yo contigo, a tu lado, invisible, hecho voz, la voz del tiempo infinito que pasa a nuestro lado. En la Puerta de Jerez lees la inscripción: "Hércules me edificó; Julio César me cercó de muros y torres altas…"  Y descubres que también los  vikingos saquearon dos veces la ciudad, y que los árabes hicieron de ella la capital del imperio Almohade, llenándola de edificios majestuosos y cúpulas de mezquitas que recordaban a Marrakech. Y todo está aún aquí, a la mano, como también los mosaicos romanos,  y tanta referencia a América, pues aquí se concentraban las instituciones que controlaban las colonias, como el Archivo de Indias o la Casa de Contratación. Y la majestuosa Universidad de Sevilla, fundada en 1505.

     Este, que te deslumbra, es el casco antiguo más extenso de España, sólo superado en Europa por los de Venecia y Génova. Pocas ciudades, como está, fueron honradas con los títulos de "Muy Noble", "Muy Leal", "Muy Heroica" e "Invicta". Y junto al pasado, la modernidad: tranvías, puentes de acero y filigranas, tiendas exquisitas, restaurantes insospechados, sabores mediterráneos y los aromas de la historia misma.

      Y llega, in crescendo, el clímax de la sinfonía cuando te paras delante de la Catedral y su campanario, la Torre de la Giralda, coronada por una veleta de hierro fundido con la imagen de El Giraldo.  Casi pierdes la respiración, y yo hago silencio. Cierras los ojos y te dejas llevar por el estruendo de la orquesta, acoplada impecablemente,  dirigida por la batuta invisible de lo imperecedero. La has captado, la has escuchado, y al final, te recuerda a la música de la ópera "Carmen" o la de "El barbero de Sevilla".

     Yo hago silencio. Lo has descubierto todo por ti mismo. Has palpado, reverentemente, el corazón de Sevilla. Y es cuando te digo que ya estás listo, y puedes recomendar este viaje a amigos y conocidos. 

Prohibida su copia o reproducción sin autorización de Summitour.com.
©2012 Summitour LLC todos los derechos reservados.

 


6. Con Enormes Ganas de Vivir


    ¿Y qué tienen que ver, por ejemplo, New México, o Colorado con estas tierras cubiertas de verdor, con esta arena blanca, con este mar transparente,  con estos cocoteros y con la selva de mangles y uvas caletas que se extiende hasta que se me pierde la vista?

     El aroma a tierra mojada que me invade y el canto de los pájaros en la espesura; esta algarabía de una bandada de pericos que pasa volando hacia la tarde, un cielo donde las nubes, a fuerza de blancas y rotundas, dan ganas de morderlas como si fuese algodón de azúcar, todo me ha provocado la pregunta, y todo me la responde: precisamente por eso estamos aquí, en Punta Cana, República Dominicana, para catar lo diferente, para regresar a los orígenes, por pasarla bien y poder regresar hablando de que hay un paraíso sobre la tierra, al este de esta isla, allí donde el Caribe y el Atlántico se besan y se confunden en el Paso de la Mona.

     Somos un grupo de amigos de New México y Colorado, tierras austeras y comedidas, avaras con los colores y espartanas para los olores.  Vivimos rodeados de paisajes resecos y majestuosos, donde se puede leer la edad de la Tierra e imaginar la fuerza enorme de los cataclismos, que han modelado una superficie casi lunar. Allí tenemos nuestro hogar; allí emigramos; allí hemos hecho familia y juntado amigos; allí trabajamos y nos abrimos paso en la vida. Hablamos español, por los orígenes, e inglés, por adopción, pero soñamos siempre lo mismo: volver a lo verde,  al agua que corre, cristalina, confundirnos con el mar por donde se ven los peces escurrirse, y caminan, por el fondo de los arrecifes coralinos, las langostas asustadas. En una palabra: soñamos siempre con regresar a este mundo joven y virginal, y lo hemos conseguido.

     Por eso andamos como si todo fuese nuevo o recién estrenado; como si la naturaleza de estas playas maravillosas, consideradas entre las diez mejores del mundo, situadas apenas a 30 kilómetros del moderno aeropuerto internacional de Punta Cana, o a tres horas de la capital, por carretera, sólo tuviese sentido para quienes vienen de lo seco y polvoriento, de lo magro y contenido. Porque aquí todo es como una explosión, un exuberante  estallido de colores, olores, sabores y texturas. Y son 50 kilómetros de playa, entre ellas, la de Bávaro, Uvero Alto  y Macao, donde la temperatura promedio es de 26 grados, todo el año.

     Esto es el dulce trópico, y aquí tiene sus instalaciones casi todas las grandes cadenas hoteleras del mundo. No es casual que junto a estas playas míticas se alcen construcciones imaginativas y coloridas, como las del Carabela Beach Resort, el Majestic Colonial  Punta Cana, o el Tortuga Bay Punta Cana, todas remitiéndonos a los grandes viajes de descubrimiento y a corsarios y piratas que también se enamoraron de estos mares, y no lejos de aquí crearon la república enloquecida de los Hermanos de la Costa. Y de aquí salen excursiones en catamarán a la Isla Saona, y por carretera, a los Altos de Chavón, la Cueva de las Maravillas, o a Santo Domingo, la Ciudad Primada de este hemisferio.

     Mariscos frescos y de variedad infinita, aderezados con el punto de la cocina criolla, frutas y viandas tropicales nos ofertan en los restaurantes, como "El Capitán Cook" o "Palma Real", o en simples puestos de pescadores junto al mar. Y es cuando redescubrimos sabores olvidados o lejanamente recordados. Y nos invade la música contagiosa del país, la bachata, el merengue y la salsa. Y bailamos hasta el amanecer en discotecas como "Mangú", "Pachá" o "Huracán Café".

     ¿Y qué nos llevamos, al final, cuando eufóricos y cambiados, regresamos a nuestros hogares de New México o Colorado?¿Qué, aparte del sol tatuado en nuestras pieles, el rumor del mar en los oídos, la visión del agua que corre y lo verde sin fin?

     Pues eso, lo que vinimos a buscar a Punta Cana, y esta nos entregó en abundancia: unas enormes ganas de vivir. Y no es poca la ganancia.  

Prohibida su copia o reproducción sin autorización de Summitour.com.
©2012 Summitour LLC todos los derechos reservados.

 

Comentarios